Las rosquillas tontas y listas son un clásico de la repostería madrileña, especialmente populares durante las festividades de San Isidro. Estas delicias, con siglos de tradición, se diferencian en su acabado, ya que las tontas son sencillas, sin ningún tipo de cobertura, mientras que las listas se bañan en un glaseado de azúcar y limón que les da un toque brillante y dulce. Ambas variantes representan la esencia de la gastronomía castiza y han perdurado como un símbolo de la ciudad.
Elaboradas con ingredientes básicos como harina, huevos y azúcar, estas rosquillas destacan por su textura esponjosa y su inconfundible sabor. Aunque su origen se remonta a la repostería conventual, hoy en día son un imprescindible en cualquier pastelería madrileña. Prepararlas en casa es una experiencia gratificante, ya que permiten disfrutar de un dulce tradicional con el auténtico sabor de Madrid.
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Para convertir las rosquillas tontas en listas, se necesita un paso extra a la receta tradicional. Para esto se prepara un glaseado batiendo azúcar glas, zumo de limón y clara de huevo hasta obtener una mezcla espesa y brillante. Una vez que las rosquillas están frías, se sumergen en esta mezcla y se dejan secar para que adquieran su característico acabado dulce y brillante.
Las rosquillas, ya sean tontas o listas, estas representan al máximo la esencia madrileña en cada mordisco. Son perfectas para acompañar un café o un chocolate caliente y, sobre todo, para disfrutar en familia. Prepararlas en casa es una manera de revivir la historia gastronómica de Madrid y de deleitarse con un dulce tan sencillo como delicioso.